
Beck finalmente decidió ponerse serio. Recorriendo un camino similar al que traza Ian McEwan en Sábado, una de sus más recientes novelas en la que relata como la paranoia terrorista se filtra en la rutina sabatina de un médico cincuentón inglés, preguntas espirituales sin respuesta y preocupaciones con el sello inconfundible del nuevo milenio (la guerra, la contaminación) se instalaron sin permiso en la mente de este músico californiano y sirvieron como caldo de cultivo para Modern guilt, su décimo disco de estudio.
Acostumbrado a trabajar con productores de alta gama como los Dust Brothers y Nigel Godrich, para este emprendimiento Beck reclutó como co-protagonista a Danger Mouse, la mitad creativa de uno de los dúos electrónicos revelación del nuevo milenio, Gnarls Barkley. El cambio de compañía parece haber restituido algo perdido en el camino, una commodity invaluable que el cantautor había extraviado en sus últimas producciones: una identidad musical casi única, de esas que requieren el cruce alborotado de diversos artistas y géneros para explicar con palabras el sonido.
Bajos de curvas sinuosas, percusión asimétrica, tonalidades psicodélicas, voces fantasmales y una pátina de roña permanente musicalizan interrogantes tales como de qué están hechas las almas (“Soul of a man”) o afirmaciones tajantes como “la culpa moderna está en nuestras manos” (“Modern guilt”). Dentro de este marco musical-ideológico empiezan a desfilar las variantes: El falsetto eclesiástico refuerza el tono apocalíptico de “Chemtrails”, una melodía loopeada infinitamente compone “Walls” (tema en el que colabora Cat Power en las voces), el ritmo marca el compás de “Gamma ray” y un rock sucio inunda “Profanity players”.
Repitiendo la atmosfera nublada que el músico montó en obras como Mutations (1998) y Sea change(2002), Beck amasa un disco complejo y sutil a la vez, que representa uno de sus trabajos más consistentes de los últimos años.
CLIKEA EN EL TITULO DE LA NOTA...Y HACE PREVIA...CON BECK!!!!
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